martes, 27 de marzo de 2012

CAPÍTULO 4




Al caer al suelo el francés se da cuenta de que puede atraparle antes de que se le escape el ladrón, pero de repente se escuchan unos pasos que cada vez están más cerca y se dio media vuelta. ¡Eran los guardaespaldas siguiéndole! Entonces más que decidido empezó a correr lo más rápido que pudo para conseguir huir y para coger al ladrón, pero de repente se da cuenta de que el ladrón estaba cojeando y sangrando mucho. No se había tropezado con una piedra, sino con una trampa para osos. Cuando el francés le alcanza le preguntó quién es y dónde está el beato, pero no le entendía. En vez de irse corriendo, el francés decidió ayudarle y no dejar que se desangrara. Entonces escaparon los dos juntos de los guardaespaldas; estuvieron horas, días huyendo sin descanso. Los guardaespaldas les pisaban los talones, pero el ladrón seguía sangrando. Después de unas horas encontraron una autopista cerca de ellos. Había un coche con las llaves puestas, cogieron el coche lo más rápido posible para poder huir. Cuando estaban a medio camino de la ciudad del francés, el ladrón se desmayó. 

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