CAPÍTULO 4
Al caer al suelo el francés se da cuenta de que puede atraparle antes de que se le escape el ladrón, pero de
repente se escuchan unos pasos que cada vez están más cerca y se dio media
vuelta. ¡Eran los guardaespaldas siguiéndole! Entonces más que decidido
empezó a correr lo más rápido que pudo para conseguir huir y para coger al ladrón, pero
de repente se da cuenta de que el ladrón estaba cojeando y sangrando mucho. No se había tropezado con una
piedra, sino con una trampa para osos. Cuando el francés le alcanza
le preguntó quién es y dónde está el beato, pero no le entendía. En vez de irse corriendo, el francés decidió ayudarle y no dejar que se
desangrara. Entonces escaparon los dos juntos de los guardaespaldas; estuvieron
horas, días huyendo sin descanso. Los guardaespaldas les pisaban los talones, pero el ladrón seguía sangrando. Después de unas
horas encontraron una autopista cerca de ellos. Había un coche con las llaves
puestas, cogieron el coche
lo más rápido posible para poder huir. Cuando estaban a medio camino de la ciudad del francés, el
ladrón se desmayó.
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